jueves 5 de junio de 2008

FRAGMENTOS SOBRE LA MIRADA DIABÓLICA DE UNA MUJER IGUALMENTE DIABÓLICA

Para la mujer diabólica.

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Mi problema comenzó con su mirada. Me sentía pequeñísimo, imposibilitado ante aquellos ojos.

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La primera vez que la vi, estaba sentada bajo un gran árbol de sombra, la barbilla le apuntaba hacía el cuello, la frente la tenía en alto, el ceño fruñido y sus ojos la protegían del mundo. No había qué ni quién atravezara esa barrera que creaban sus ojos. Yo no pude.

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La delicadez de su cuerpo, su rasgos de niña malcriada y su exorbitante belleza, eran opacados ante el poderío de su mirada.

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Yo me dediqué a aprender a soportar aquella mirada. A soportar la soledad que producia, el golpe como de cubo de hielo en la sien, el fuego que quema desde adentro, la sensación de estar volando y de ser todo a la vez, TODO. Pero todo fue en vano. Era imposible soportar aquello, era imposible.

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Me dí por vencido, intenté ignorarla, intenté desaparecer el recuerdo de su mirada.

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Creo que había una fuerza en mí, mas bien una dependecia. Dependia de su mirada. Dependía de sus ojos. Yo no la conocía a ella, pero la necesitaba. Te necesito. Lo hacía todo por pasar frente a ella. Y cuando su mirada me rozaba, volaba y recibia el golpe de cubo de hielo en la sien y me quemaba y lo era todo a la vez, TODO.

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Acostumbré a alimentarme con su mirada. Me sentaba estratégicamente frente a ella, sin que se diera cuenta que yo existía, sin que sus amigas se dieran cuenta que yo existía, sin que el árbol de sombra se diera cuenta que yo existía.

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Yo fumaba mientras absorbia su mirada. Siempre pensé que el humo complementaba perfectamente con sus ojos.

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- Mira, tú, ¿no tienes un cigarrillito que me regales?- me dijo.

Y sentí por vez primera sus ojos postrados en los míos. Me sentí petrificado, Y sentí lo que debieron de sentír los hombres ante la mirada de piedra de Medusa, y pensé que yo también sería como ellos, una estatua. Pero no. Aún no era de piedra, pero me sentía como tal.

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- Mira, ¿me estás escuchando?

- Si, perdona. Toma el cigarrillo. – le dije con la voz tambaleante, con la mirada clavada en el suelo.

Tomó el cigarrillo, sacó un encendedor de su cartera y se sentó a mi lado. Sentí miedo, y el tiempo se detenía en cada bocanada.

- Gracias, sabes- me dijo y desapareció de mi vista.

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Volvió a aparecer, y cada vez que aparecía me pedía una cigarrillo y se lo fumaba a mi lado. Esos minutos en los cuales el cigarrillo se consumía en su boca, eran los mejores minutos de mi vida. A su lado, me sentía protegido. Su mirada me protegía

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