miércoles, 13 de mayo de 2009

parcho y cicatríz



Lo llevo viendo desde hace como 17 años y siempre había dicho lo mismo de él, que era malvado, que no tenía sentimientos y que su única misión en el mundo es obtener fama, dinero y provocar dolor. Pensaba que se trataba de una especie de diablo, el segundo en mando en la jerarquía de la maldad. Y es que su físico es espeluznante, sus casi siete pies de altura, sus 300 libras de puro músculo, la falta de su ojo izquierdo y la gran cicatriz que le cruza el pecho me ponían los pelos de puntas. Además venía de un extraño lugar llamado Tailandia. Era mi pesadilla, la pesadilla de cualquiera.


Pero hoy, 17 años después y con un entrenamiento de casi el mismo tiempo, me atrevo a parármele al frente. Lo miro directo a su único ojo, no recordaba su falta de pigmento. Intento entenderlo, saber quien realmente es él, que busca, que lo mueve a ser tan malvado. Pero en sus ojos no encuentro nada, un frío apocalíptico, vacío siniestro. Llenándome de valor, le dirijo la palabra “señor, lo reto a batalla”. Ya no le temo. Ya no soy un niño. Ahora soy un hombre.


Dos rounds de noventa segundos. Caigo rendido ante su poderoso golpe. No puedo asimilar toda su fuerza. Él es mucho más que yo. Pero con cada golpe que recibía más lo iba entendiendo. Cada patada que me conectaba, cada puño, era como palabras que me susurraba al oído, toda una confesión escrita a golpes. Sagat no es aquel hombre diabólico que yo pensaba que era. Simplemente es un hombre que no entendiéndose así mismo, permite que todo aquel que se enfrente a él lo entienda. Y si tiene algo suerte, solo entonces, sus víctimas le expliquen quien es.

2 escala:

Sergio C. Gutiérrez-Negrón dijo...

me gusta esto, huevón.

Samuel Medina dijo...

No seas un llorón.

Cordialmente,

-Balrog, aka Mike Bison