
Desperté bañado en sudor y sintiendo un profundo odio hacia los punk rockers. Cosa que no me explicaba, ya que desde hacía una semana había estado frecuentando una barra donde janguiaban los punk rockers. Conocía chicas distintas todos las noches y corroboraba lo que un amigo algún día me diría, las punk rockers te hacen un sexo de maravilla. Porque así son ellas, te hacen el sexo con una furia tan brutal que a veces me recuerda el tono de la distorsión desentonada de las guitarras de los Sex Pistols. Es algo fantástico, algunas quieren que les escupas la cara, que le aprietes el cuello hasta casi asfixiarlas o que le intentes arrancar la pantalla que tienen en el clítoris con los dientes. Es algo extrañísimo. Te lo maman como si fuera el fin del mundo y tu bicho sea el último pedazo de carne. Es algo brutal. Y más aún que se me hiciera tan fácil conseguir chicas punk rockers todas las noches. Claro, no quiero pensar que son fáciles, como me había dicho mi amigo. Me gusta más pensar que es la barba, que las vuelve locas, o la boinita esa que nunca me quito. Quizás es que publiqué un libro y las punk rockers se quieren tirar a los tipos que publican libros. No lo sé, pero yo sigo aprovechándome de la situación. Amanecer todos los días con tipas con el pelo violeta, azul e incluso sin pelo, añadía un poco de diversidad al hastío de mis días.
Pero esa mañana, la primera en una semana que no amanecía con una punk rocker, sentí asco hacia mi persona y sentí un profundo odio hacia toda la cultura punk. Me metí a bañar restregando mi cuerpo con fuerzas, queriéndome sacar todo el sudor que se acumula cuando se tiene sexo. Porque tener mucho sexo y no bañarse puede tener consecuencias nefastas. Porque si no se toman las medidas necesarias, el olor siempre queda ahí y lo que yo tenía en ese momento era un collage de olores y sudores ajenos como llenos de furia, porque esas nenas son furiosas, se le nota cuando te empiezan a quitar el pantalón con la boca, e incluso, en algunas ocasiones, lo puedes notar en el color de pezones. Lo más raro de todo es que toda esa furia se condensa en su sexo, y las embestidas son tales, que te quisieran partir el bicho, para luego masticarlo y guindárselo del cuello. Las nenas punk son terribles.
Pero esa mañana yo desperté solo, bañado en sudor y odiándolos. Quería buscar problemas con ellos y quería que ellos tuvieran problemas conmigo. Escupirlos en la cara y decirles que el punk solo era una moda, que Los Ramones apestaban y que los mohawks ya estaban passé.
Eso mismo haría, toda esa furia que tenía por dentro, todo ese odio que sentía esa mañana, solo se iría si le rompía la cara a uno o dos.
Lo primero que hice ese día fue llamar a la nena de pelo violeta que me había tirado hacía varios días. Le dije que estaba bien bellaco, que viniera pa’ mi casa y después nos íbamos juntos para la barra de los punkos. Cuando ella llegó a mi casa, tenía una camisa de los Misfits envuelta en papel de regalo para mí. Le di las gracias, la llevé a mi cuarto y me desvistió, porque así son ellas, siempre toman la iniciativa. Al terminar yo no me podía mover. Ella puso música en lo que me reponía y ahí el sentimiento de odio fue en crechendo. Me levanté de un salto, la agarré por la cabeza y le metí contra el filo de la puerta. Un solo golpe bastó para que el lado derecho de su cara estuviera a la par con su pelo, violeta. Ella tirada en el piso de mi cuarto, sangrante, inconsciente y yo con ganas de hacerla explotar en mil pedazos. Busqué una silla en el comedor, la levanté en brazos y la dejé allí amarrada. Me ponía mi nueva camisa de los Misfits para salir a la barra cuando el morbo en mi despertó. Soy un sucio, no cabe la más menor duda. Cuando era pequeño y jugaba al pijama party con las barbies de mi hermana y mis ninja turtles, y le quitaba la ropa a todas las muñecas y ponía a las tortugas encima de ellas, y mi madre que entra al cuarto y me da un bofetón y me grita, Juanluís, no seas sucio, me di cuenta de mi naturaleza.
El violeta de su pelo me excitaba y ahora más que hacía juego con rostro deshecho. Le quité la camisa, el brassier, e intenté ponerle los pezones del color de su pelo y de su cara. Fue difícil ponerlos del mismo tono, pero lo logré, busqué mi cámara, le tiré varias fotos y salí de allí riéndome.
Llegué a la barra y allí estaban todos ellos. Todos con sus camisas de bandas, todos con sus skinny jeans, todos con mohawks y todos fumando Malboros light mentol. Me acerqué a ellos, me les uní, compré una cerveza y fumé un cigarrillo. Uno de ellos se me acerca a hablarme de los Misfits y yo no sé que son los Misfits, solo sé que tengo una camisa y que en Hallowen siempre le hacen un tributo. El tipo me pide un cigarrillo, le digo que claro, que como no y busco en mi bolsillo. Se lo doy, el tipo se lo pone en la boca y me pide lighter. Es ahí cuando tiro el primer golpe, justo a la mandíbula. El tipo cae al suelo. Se me acercan otros seis, preguntan que cual es el problema, que qué carajo había pasao, les digo que el punk es una mierda y mes les cago en la madre a cada uno de ellos. Se ponen bravos, empiezan a golpearme entre todos. Logro derribar a dos o tres, pero son muchos y vienen más en camino. Alguien les ordena que dejen de golpearme. Yo, en el suelo, miro al tipo y veo que tiene un doble mohawk y pienso que debe de ser una especia de líder, el rey del rebaño, el punk más punk de los punk o el más ridículo de todos. Pero todos le obedecen y dejan de golpearme. Yo me pongo de pie con mucha dificultad y me encuentro en medio de un círculo con el tipo del doble mohawk. Me dice que me vaya pal carajo de allí y que no volviera nunca. Tambaleándome y botando chorros de sangre por la nariz, le digo que se vaya él pal carajo, intento lanzarle un puño y caigo al suelo. Doble mohawk saca una manopla y todos los que nos rodean, sacan cuchillos, cadenas y más manoplas. Casi arrastrándome me voy de todo eso y llego a mi casa.
La tipa del pelo violeta, sigue amarrada, pero ya está consciente. Y al verme, se le dibuja una sonrisa en la cara. Me encantas como te ves, cabrón, me dice, a la misma vez que abre las piernas y me lanza una mirada digna de una punk rocker.
(pertenece a la colección de cuentos inédita llamada RUDO)
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