viernes, 5 de noviembre de 2010

empacho #1



Por mi casa pasa la misma jauría de perros todas las noches. Al verme, los perros me ladraban y me intentaban morder. A mi me daba mucho miedo, por eso siempre me escondía en mi cuarto por las noches. Un día me sentí pendejo y decidí hacerle frente a los perros. Cogí el palo más grande que encontré, lo escondí por la grama por si querían morderme y me senté en la acera a esperarlos. Pero cuando pasaron, los perros me sonrieron y me dieron las buenas noches. Eso me dio más miedo todavía, pues los perros no hablan. Desde entonces, cada vez que pasan, los miro desde la ventana y nos intercambiamos sonrisas. Y cada vez más me voy dando cuenta de que todos esos perros se parecen a mi. Tienen mi cara.